La cafetería no sabía lo que vendía

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La cafetería no sabía lo que vendía

vendía café, claro. Pero él compraba otra cosa.

un hombre entraba todos los días en la misma cafetería.

Nadie sabía quién era.

Ni de dónde venía.

Ni qué le había pasado.

Tendría unos 50 años.

Los ojos tristes.La barba descuidada.Una mochila enorme a la espalda.

Caminaba despacio.

Demasiado despacio.

algo de ojeras, igual dormía mal. No lo sabremos,

o si …

comiendo mal. Tal vez.

No parecía estar pasando por una buena época.

Pero había algo que hacía todos los días.

Entraba en aquella cafetería.

Pedía un flat white.

Y durante unos minutos…

parecía otro.

No porque el café solucionara sus problemas.

que no los solucionaba,

Pero aquel café era bueno.

Muy bueno.

sabes? … había algo más.

El barista sonreía.

Siempre. Bueno, bueno, casi siempre. Que había cada uno que era para darle de comer aparte.

No era una sonrisa de esas que vienen de serie porque trabajas de cara al público.

Parecía una sonrisa de verdad. Y lo era. a pesar de ser una sonrisa tímida y hablar poco, muy poco.

Y eso importaba.

Mucho.

Porque aquel hombre no necesitaba solamente café.

Necesitaba, aunque fuera durante diez minutos, sentirse un poco menos solo.

menos agobiado, menos despreciado.

si si, despreciado.

Y allí ocurría.

Lo curioso es que aquella cafetería no era especialmente llamativa.

Una familia.

El padre y sus dos hijos, por lo que parecía.

Un apellido francés en la puerta.

Buen café.

Gente trabajando.

Nada extraordinario.

O eso podía parecer.

Pero había algo que sí habían hecho extraordinariamente bien.

Habían comunicado quiénes eran.

Desde fuera transmitían algo muy sencillo:

Aquí hacemos buen café.
Y aquí hay buenas personas.

personas trabajadoras! de 07:30 a 19:00 caaaaaada día!

Y aquel hombre entró.

No en la cafetería de al lado.

En aquella.

Después descubrió otra cosa.

que el café era buenísimo. De especialidad, claro.

Y no era caro.

Así que volvió.

Al día siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

A pesar de los problemas.

A pesar de la tristeza.

A pesar de la soledad.

Volvía por su café.

Pero también por su capricho.

Por su momento.

Por aquella sonrisa.

Por unos minutos en los que la vida parecía pesar un poco menos.

Y aquí está lo interesante.

La cafetería no sabía nada de ese hombre.

y aún no sabe nada de él.

Pero había conseguido decirle algo antes de conocerlo:

“Aquí puedes estar bien.”

Eso es comunicar.

No decir:

Café de especialidad.Flat white.Buen producto.Calidad.

Eso lo puede decir cualquiera.

Comunicar es conseguir que alguien que todavía no te conoce piense:

“Quiero entrar ahí.”

Y después, cuando entra, confirmar que había entendido bien.

Porque puedes tener el mejor café de la calle.

Pero si nadie entiende por qué debería entrar en tu cafetería…

tienes un gran café.

Y un secreto.

Y los secretos no venden.