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# Cuando no puedes hablar, necesitas que alguien te escuche…
- URL: https://gazz.ghost.io/cuando-no-puedes-hablar-necesitas-que-alguien-te-escuche/
- Published: 2026-08-10T10:31:01.000Z
- Updated: 2026-08-10T12:18:58.000Z
- Author: Gazz

**lo de hoy es personal, pero te** ayudará**,** créeme**…**

El viernes pasado aprendí algo que, sinceramente, preferiría no haber aprendido.

Que cuando estás sano, cinco minutos son cinco minutos.

Pero cuando no puedes hablar, caminar ni mantener los ojos abiertos, cinco minutos pueden convertirse en algo bastante más serio.

La historia empezó de una manera bastante menos dramática.

Estaba en Alcúdia.

Paseando.

Me empezó a molestar el ojo izquierdo.

Primero un poco.

Después más.

Cada vez más rojo. Lagrimeaba. Apenas podía mantenerlo abierto.

Fui a una farmacia.

La farmacéutica me dijo que mejor acudiera al centro de salud y preguntara por unas gotas con corticoides.

Hacía calor.

Fui al centro de salud.

Expliqué lo que me pasaba.

Conjuntivitis.

Unas gotas.

Problema resuelto.

O eso parecía.

Volví a la farmacia, compré las gotas y continué con mi día.

Porque así somos los seres humanos.

Nos dicen que no pasa nada y nos agarramos a esa explicación con una alegría casi infantil.

A la hora de comer vi lenguado a la plancha.

Me gusta.

Agua con gas.

No fuera a ser que una copa de vino blanco con el corticoide terminara provocando una catástrofe.

El lenguado estaba espectacular.

Después fui a Playa de Muro.

Me senté a la sombra.

Miré el mar.

No había demasiada gente.

Era uno de esos días de verano que parecen hechos para no tener ninguna historia que contar.

Hasta que la historia decidió aparecer.

A media tarde pensé en ir a tomar un café de especialidad.

Frío.

Y mientras caminaba hacia la cafetería empezó el dolor de cabeza.

Cada vez más fuerte.

Pensé que sería consecuencia de la conjuntivitis.

Pero algo no cuadraba.

No conseguía fijar bien la vista.

Se me secaba la boca.

Empecé a perder fuerza.

Caminar comenzó a convertirse en un esfuerzo.

Hasta que terminé sentado en una acera de la carretera de Artà, frente a una gasolinera.

Solo.

Y ahí apareció una sensación que no había experimentado nunca de aquella manera.

Impotencia.

Intenté levantarme.

No podía.

Intenté hablar.

Cada vez podía menos.

Así que llamé al 112.

Expliqué lo que me ocurría.

O intenté hacerlo.

Ya me costaba expresarme.

Me pasaron con un médico.

Me dijo que no me entendía.

Hice un esfuerzo para hablar más despacio.

«Le envío a los compañeros».

Y esperé.

Pasaron los minutos.

Y esperé.

Finalmente apareció un policía local.

Pero no donde yo estaba.

Había acudido a una dirección cercana.

Yo seguía sentado en la acera, al sol, cada vez más débil.

Cuando finalmente me encontró, confirmó que era yo y volvió a comunicarse con la ambulancia.

Y volvimos a esperar.

Hay una diferencia enorme entre esperar una ambulancia y esperar una ambulancia cuando sientes que tu cuerpo está dejando de responderte.

Finalmente llegó.

Me llevaron al centro de salud de Alcúdia.

El mismo centro de salud donde había estado horas antes.

Cada vez tenía menos fuerza.

El dolor de cabeza era cada vez mayor.

Me dijeron que tenía fiebre.

Después que no tenía fiebre.

Después que volvía a tener fiebre.

Cada vez una métrica diferente.

Mientras tanto, yo cada vez podía hacer menos cosas.

Las voces comenzaron a sonar lejanas.

Apareció un médico.

Me examinó.

Me golpeó el pecho.

No sentía nada.

Me retorció un pezón.

Tampoco sentía nada.

Me levantó un brazo y lo dejó caer.

Yo apenas podía mantener los ojos abiertos.

No podía prácticamente hablar.

Y entonces decidieron trasladarme a Inca.

Otra ambulancia.

Otra espera.

Pero esta vez ocurrió algo que todavía me cuesta entender.

Mientras esperaba comenzaron los comentarios.

Que si estaba drogado.

Que qué se me habría perdido en Alcúdia si era de Palma.

Que qué llevaba en aquella mochila.

Que primero había dicho que solo había bebido agua y ahora no contestaba.

Yo escuchaba.

Con muchísima dificultad.

Pero apenas podía responder.

En un momento determinado, un hombre se acercó por sorpresa, me dio un golpe y gritó mi nombre.

No reaccioné.

No porque no quisiera.

Porque no podía.

Y entonces entendí algo.

**Hay una diferencia enorme entre estar enfermo y sentirse abandonado.**

La enfermedad la estaba poniendo mi cuerpo.

La segunda sensación me la estaban provocando otros.

Vulnerabilidad.

Impotencia.

Miedo.

Y una pregunta que se me quedó clavada:

**¿Qué habría pasado si aquello no hubiese sido transitorio?**

Porque finalmente llegué al Hospital de Inca.

Eran las 21:16.

Y allí cambió todo.

El doctor Gonzalo Gutiérrez Soldi me examinó.

Vio inmediatamente que tenía dificultades para hablar y expresarme.

Pidió analíticas.

Pidió un TAC.

Pero hizo algo que puede parecer insignificante hasta que te encuentras en mi situación.

Me explicó qué estaba haciendo.

Y qué iba a hacer después.

Me mantuvieron informado.

Me trataron con dignidad.

Con respeto.

Con empatía.

Y me dieron algo que llevaba horas sin tener:

tranquilidad.

A la mañana siguiente llegó el diagnóstico.

G45.9.

Un accidente isquémico transitorio.

Un mini ictus.

Transitorio.

Por suerte.

Porque si hubiese sido un ictus establecido, las consecuencias podrían haber sido muy diferentes.

Y aquí es donde esta historia deja de ser únicamente mía.

Porque en determinadas situaciones médicas, el tiempo importa.

Mucho.

Y cuando alguien no puede hablar, no puede caminar o no puede explicar qué le ocurre, quizá no deberíamos empezar preguntándonos qué ha hecho.

Quizá deberíamos empezar preguntándonos:

**¿qué le está pasando?**

No escribo esto para atacar a la sanidad pública.

Sería demasiado fácil.

La sanidad pública necesita recursos, medios y profesionales.

Pero hay algo que ningún presupuesto puede comprar.

La empatía.

Puedes tener un hospital magnífico.

Puedes tener médicos extraordinarios.

Puedes tener enfermeras que llevan años dejándose la piel.

Y basta una persona que mire a un paciente y vea un problema en lugar de una persona para que, durante unos minutos que pueden ser decisivos, todo lo demás importe menos.

Por eso esta historia también es una historia de agradecimiento.

Al doctor **Gonzalo Gutiérrez Soldi**, de Urgencias del Hospital de Inca, gracias.

Por su rigor.

Por su comunicación.

Por su profesionalidad.

Pero especialmente por su calidad humana.

Y gracias también a una enfermera rubia, con gafas, cuyo nombre lamento no conocer.

Cuando me dieron el alta no se limitó a hacer su trabajo.

Fue un poco más allá.

Incluso me llevó unas toallas por si quería ducharme.

Puede parecer una tontería.

No lo es.

Cuando llevas horas sintiéndote completamente vulnerable, un gesto así puede significar muchísimo.

Hay profesionales que tienen algo difícil de explicar.

Una autoridad que no necesitan imponer.

Una forma de mirar.

Una manera de hablar.

Una tranquilidad que se contagia.

Ellos dos la tienen.

Y espero volver a encontrarlos algún día.

Pero, por favor, que sea fuera del hospital.

En una terraza.

O en un restaurante.

Y esa vez, la cuenta la pago yo.

Porque hay personas a las que uno no debería olvidar.

Y porque, cuando no puedes hablar, descubrir que alguien se ha parado a escucharte…

también puede ser una forma de salvarte.

**Nacho**